THE WIRE (BAJO ESCUCHA) – III. GÉNERO Y ALCANCE.

I. INTRODUCCIÓN
II. SUS CREADORES: DAVID SIMON Y ED BURNS
–> III. GÉNERO Y ALCANCE
IV. ESTRUCTURA DE TEMPORADAS Y PERSONAJES
V. GUIÓN PERFECTO
VI. PUESTA EN ESCENA, REPARTO
VII. EL VISIONADO Y EL DOBLAJE

David Simon tuvo muy claro cómo sería la serie en estilo, argumento e intenciones. Quería un realista drama de denuncia sobre la degradación de la sociedad occidental (porque esta historia es extrapolable a cualquier país del primer mundo), y qué mejor lugar para mostrar esto que Baltimore, la ciudad estadounidense más azotada por la desigualdad y el crimen y donde tantos años pasó escribiendo sobre ello. A pesar de ser vecina de Washington DC, rica y próspera capital del país, Baltimore lidera los índices de pobreza y delincuencia (¡más de doscientos homicidios al año!) y siempre ha sido conocida por su bajo nivel de vida, por su horizonte siempre negro donde nadie es capaz de mover las cosas hacia algo mejor.

La mirada de Simon es profunda y detallada, realista y sin adornos, y gris, muy gris. Su mayor acierto es la idea de mostrar todas las caras posibles de la situación, abarcando así una perspectiva enorme, mostrando la que sea probablemente la historia más grande y compleja que se ha visto en la historia de la televisión (porque podría decirse que supera el enorme logro de Babylon 5). Al contrario que la mayor parte de los grandes dramas que ha dado la pequeña pantalla, donde siempre se ofrece la visión del tema tratado desde el grupo protagonista (sean policías en las policíacas, médicos en la de médicos, abogados en las de abogados…) y donde por mucho que se trate el asunto con verosimilitud esa perspectiva única siempre genera una obvia limitación, tanto argumental como analítica, Simon opta por ir a lo grande en The Wire. Y donde digo a lo grande lo digo en serio: no es sólo que aparte de los polícias nos ofrezca la perspectiva de los delincuentes, sino que incluye también la de los abogados, la de los políticos, la de algunos ciudadanos… Y además, en esos grupos principales abarca todo el rango de posibilidades que estima necesario. En los delincuentes muestra desde el señor de la droga al peón más insignificante, pasando por los matones y los consejeros, pero acercándose también a los drogadictos que son sus clientes. En el lado de la ley toda la cadena de mando es protagonista: detectives, agentes, tenientes, comandantes, jefes de distrito, comisarios… y no olvidemos también la relación con los abogados y jueces, que son indispensables a la hora de construir los casos. Por no dejar cabos fuera, incluye también a los políticos, los supuestos líderes y representantes del pueblo, pero tan falibles y corruptos como cualquier otro. Y el ciudadano es indispensable en el mosaico también: los niños sin futuro, los profesores sin recursos, los periodistas, los currantes hastiados que empiezan a delinquir…

Decía que el punto de vista es muy gris, pues no se anda con rodeos y muestra la realidad como es. Corrupción, incompetencia, intereses y problemas personales… Todo personaje es ambiguo e imperfecto, hijo de una sociedad enferma. Los pocos que muestran una ética superior son pronto engullidos por este sistema podrido. Así, todos los protagonistas tienen unos claroscuros y limitaciones enormes, y por si fuera poco se enfrentan a las de los demás. Los casos no se complican porque son difíciles, sino porque se atascan una y otra vez en la maraña de incompetencia que siembra la cadena de mando y los errores humanos de los propios investigadores. Sirva de ejemplo que el caso de la segunda temporada se inicia por una rencilla entre un alto mando de la policía y el líder sindical del puerto, no porque de verdad haya intenciones de seguir la droga. En este ámbito también se muestra todo el abanico de posibilidades, tanto en los policías (el corrupto, el vago, el alcohólico, el inútil, el inteligente aplastado por tocar las pelotas, el dotado para el mando pero eclipsado por errores del pasado…) como en las bandas (la inteligencia contra la fuerza, la joven promesa que no puede con la situación, el que quiere apartarse de tanto crimen pero el sistema no le deja salida, etc.).

En cuanto a su carga de análisis social, no hay adoctrinamiento en ningún momento, Simon refleja la realidad tal y como es. Toda la crítica que sale de la serie, que no es poca (de hecho el Ayuntamiento de Baltimore luchó durante un tempo para que se fueran a rodar a otra parte, porque no daba buena imagen), es explícita y clara, pero emerge de forma natural del relato. Simon tampoco lanza mensajes o posibles soluciones, más allá de lo obvio: limpiar la inmundicia, mejorar los recursos (geniales las comparaciones de la policía con el FBI, tristísimo el tema de la educación pública), exigir resultados basados en objetivos reales y no en ideologías y amiguismos, y por supuesto resulta evidente que deberíamos rehacer o desechar de una vez por todas el sistema político y económico (capitalismo desenfrenado) sobre el que damos vueltas sin levantar cabeza.

Así pues, definir The Wire con un simple “una de policías” es quedarse muy corto y resulta muy injusto. Es más fiel hablar de drama de denuncia de corte documental, o drama histórico contemporáneo, si lo prefieren.

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